Naná: La Reina de la Zona Rosa

Actualizado: hace un día

Por Luis Miguel Romero

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En México, a través del tiempo, han existido numerosas personalidades del colectivo LGBT+ que marcaron una pauta y, sin proponérselo, prepararon el camino para el curso que ha tomado la comunidad LGBT+ mexicana en la actualidad. En estos tiempos donde respiramos aires de libertad y gozamos de muchos avances en temas de respeto, igualdad y tolerancia, no podemos olvidar a quienes sembraron la semilla. No vayamos tan lejos. Remontémonos apenas a las últimas tres décadas del siglo XX. Era otro mundo, otro México, sin redes sociales, internet y sin esta información inmediata y tan manejable que gozamos hoy en día. Y allí estaban ellos, ese colectivo LGBT+ mexicano que siempre ha estado presente (aunque muchos perplejos se nieguen a aceptarlo). La gran mayoría estaba "oculta", ejerciendo su libertad sexual marginada en guetos, intimidada por la policía y la autoridad, segregada por una sociedad ignorante que se negaba a aceptar y respetar su existencia. Por desgracia, muchos de ellos parecen haber quedado en el olvido. La existencia de algunos de ellos, hoy en día casi, parece un mito o una leyenda urbana debido a la escasa información existente. Y eso que hay muchos que los conocieron y los trataron. Pero al tener una nula visibilidad mediática, hoy en día, parece que se los devoró el tiempo. Una de estas míticas personalidades que brillaron en ese México de tiempos de represión y segregación era una bellísima mujer trans. Le decían “La Reina de la Zona Rosa”. Era Mónica Alejandra Naná.



Sus orígenes son inciertos. Ni siquiera se tiene información sobre su nombre de nacimiento, que al final resulta completamente irrelevante, pero que contribuye a acrecentar ese halo de misterio que rodea su biografía. Ella es vislumbrada por primera vez a principios de la década de los 1970s. ¿En donde más? Pues en la Zona Rosa de la Ciudad de México, ya considerada desde entonces punto de encuentro del colectivo LGBT+ mexicano, solo que, a diferencia del presente, todavía rodeada de glamour y un aire sofisticado y snob.


Aquí vale abrir un paréntesis para describir un poco el físico de Naná. Hay algunas imágenes de ella, pero cuentan los que la conocieron, que las fotos no le hacían justicia, que no retrataba bien. Según cuentan, era más bien de estatura media, no tenía mucho busto (aunque lo aumentó con el tiempo), pero tenía unas piernas hermosas y muy bien torneadas. Pero lo que dejó una huella imborrable en la mente de aquellos que la conocieron fue su rostro. Ese rostro ha sido descrito en muchas crónicas como casi perfecto, con ojos grandes, ceja poblada, piel blanca y tersa. Y a todo esto se le suma una arrolladora personalidad. Era bella y se sabía bella, por lo que se contoneaba con gran señorío y una seguridad que la volvían aún más atractiva. Era literalmente de esas mujeres que paraban el tráfico.


Foto de Naná cortesía de Terry Holiday.

Su primer nombre como mujer fue Mónica Alejandra (Mónica lo tomó de una amiga mujer cisgénero y el segundo con base a su deadname). Su posterior sobrenombre de Naná lo tomó como referencia al personaje estelar de la novela homónima de Emile Zola. En los años 1970s, Naná estaba en boca de todos en México gracias al montaje teatral que encabezaba la actriz y cantante Irma Serrano La Tigresa en el Teatro Fru Frú.


Naná deambulaba por las calles de la Zona Rosa. Ejercía el trabajo sexual en las calles de este exclusivo vecindario, aunque también se lucía por la Avenida de los Insurgentes. Alejandra Bogue la recuerda perfectamente luciéndose como diosa a las afueras de lo que era el cine Manacar (hoy la Torre Manacar), ataviada con un bellísimo abrigo de piel de zorro. Por supuesto, se volvió asidua de recintos como el D’Var o El Famoso 41, donde partía plaza, impactando a la audiencia con su arrolladora personalidad y ese rostro de muñeca que la caracterizaba. De acuerdo al testimonio de Terry Holiday y Alejandra Bogue, la mentora de Naná (hoy se le llamaría “Madre”, tomando como referencia este título de las Houses de Ball estadounidenses), fue Gina D’Bico, otra bellísima mujer trans que ostentó la corona de soberana absoluta de las noches de la Zona Rosa, y cuya existencia todavía está más envuelta en misterio que la de la misma Naná. Gina partió a los Estados Unidos a principios de la década de los 1980s y allá falleció trágicamente unos años después. Al desaparecer Gina de las noches de la capital mexicana, Naná heredó su trono.


Gina D'Bico, Pamela Baeza & Naná (Foto: Adolfo Patiño).

Por su belleza, influencia y personalidad, Naná se convierte en algo así como en la inspiración, referencia y sensei de toda una generación de chicas trans y transformistas mexicanas. La Bogue y Himmel Reyes, la han mencionado como su mentora y fuente de inspiración. Era tan popular y tan influyente que, contar con su aprobación, compañía y más aún, su amistad, era como un medidor de éxito para las chicas trans mexicanas de esos tiempos. Nunca iba sola. Por lo general, siempre iba rodeada por un séquito de chicas trans y chicos gay que le servían como una "pequeña corte" que se movía al ritmo que ella tocaba. Ponchis y Georgette fueron sus compañeras más recurrentes por mucho tiempo. Antonella Rubens fue otra de sus más cercanas amigas.


Naná & Alejandra Bogue.

Con la aparición del mítico bar 9 en la Zona Rosa, la popularidad y prestigio de Naná se fueron a las nubes, pues pasó a ser habitué de este exclusivo lugar, gozando además de la amistad y admiración de los anfitriones del lugar: Henri Donnadieu y Jaime Vite. También tenía estrecha relación con Xóchitl, aquella misteriosa travesti que gobernaba con mano dura en la vida nocturna mexicana debido al poder e influencias de las que gozaba. Según algunos testimonios, Naná ocasionalmente trabajaba para Xóchitl (famosa por su red de lenocinio “de altos niveles”). Naná afirmaba que gracias a Xóchitl había podido realizarse su cirugía de busto en los Estados Unidos y había podido adquirir su primer automóvil. A fines de los 1980s, Naná se integró al elenco de la Kitsch Company, una compañía de teatro-cabaret que tomó al 9 como base de operaciones y en donde alternaba con Alejandra Bogue y el mismo Vite.


A Naná también la buscaban para hacer cine. Se cuenta que Alejandro Jodorowsky la buscó insistentemente para aparecer en la cinta La montaña sagrada (1973), pero a ella nunca le interesó figurar en el mundo del espectáculo.



La vida nocturna de la Ciudad de México comenzó a desdibujarse a partir del terremoto de 1985. Ya para los años 1990s, otro tipo de entretenimiento nocturno comenzó a florecer y el glamour de la Zona Rosa tristemente también fue perdiendo su brillo. Naná fue una de esas personalidades que brillaron en las décadas previas que, poco a poco, fueron desvaneciéndose de la escena nocturna mexicana en este periodo de transición. Todavía en los albores de esa década se le veía deambulando por recintos como El 42. Dicen que ya se le veía cansada.


Mónica Alejandra Naná, falleció en 1994. Nunca se especificaron las causas ni el lugar y fecha exactos de su muerte. La información que se manejó fue que le aquejó una severa descalcificación de huesos por una presunta anorexia. Y luego no pasó nada. Naná se quedó por mucho tiempo como un recuerdo en la mente de aquellos que la conocieron y gozaron de su amistad o se impactaron con su deslumbrante belleza cuando irrumpía furtivamente en algún centro nocturno de la época. Conforme el tiempo pasó, el olvido parecía haberla consumido. Por mucho tiempo no hubo fotos o testimonios de su existencia. Es como si alguien hubiera borrado todo. En palabras de Alejandra Bogue: “Como si la década de los 1980s hubiera sido un holograma”.



Hoy en día, es muy importante que honremos la vida de personas como Naná. Ella y muchas de sus contemporáneas, fueron las verdaderas guerreras, el ejército LGBT+ que peleó en la primera línea, que se enfrentaron al mundo, a la sociedad, a la policía, que soportaron abusos, marginación, redadas y otro tipo de afrentas, pero que al mismo tiempo inspiraron y se convirtieron (sin pretenderlo) en modelos a seguir, en mentoras, en fuente de inspiración para que otr@s se atrevieran a seguir sus pasos y enfrentarse a la vida sin avergonzarse de su identidad y condición sexual. A ell@s hay que honrarlos siempre y mantenerlos frescos en la memoria, rescatarlos del olvido y rendirles un tributo. Gracias a los medios virtuales, esta misión parece ir por buen camino.


Se habla de Stonewall, Marshas y Sylvias (que por supuesto tienen un sitio de honor en la Historia), pero no olvidemos que en México también podemos presumir de tener una robusta Historia LGBT+. Naná fue parte de esa Historia, es parte de esa #MemoriaTrans y por eso la honramos en este breve espacio en un sentido In Memoriam.




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