Cotita de la Encarnación: Mártir trans de la Nueva España

Por Luis Miguel Romero

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No es que la diversidad sexual "esté de moda". Lo que sucede, es que vivimos tiempos donde la libertad sexual se vive de una manera mucho más plena. Aún con todo el odio y la ignorancia que enfrenta la comunidad LGBT+ en la actualidad, nadie puede negar que el mundo ha cambiado de manera favorable y que estamos aprendiendo a respetar la sexualidad individual de las personas. Pero, ¿imaginan como era ser una mujer trans hace siglos? (por que la identidad de género diversa SIEMPRE ha existido). En este espacio de #MemoriaTrans, presentamos la historia de Cotita de la Encarnación, mujer trans que fue martirizada en los tiempos de la Nueva España.




Juan de la Vega Galeano, era un mulato (de origen español y africano) de oficio lavandero que habitaba cerca de San Pablo, en las cercanías del barrio de La Merced, en el centro de la Ciudad de México. Desde su infancia mostró que su identidad de género era femenina. Según las crónicas, desde los siete años de edad, gustaba de vestirse con prendas femeninas y se comportaba de manera femenina. Según lo que relatan las crónicas, los testimonios de sus vecinos y conocidos, era una buena persona, amable y querida por los que le rodeaban. Según se cuenta, era muy eficaz en su oficio de lavandera. Las crónicas la relatan como robusta y siempre vestida con ropa indígena. Tendría unos 40 años al momento de su trágico calvario. A Cotita se le empareja en algunas crónicas con un hombre mayor que ella llamado Juan Correa La Estampa, de origen mestizo. El nombre de Cotita deriva de una forma despectiva utilizada en la época para referirse al hombre homosexual (como el maricón o joto del presente). Al parecer, ella lo asumió como su nuevo nombre y le agregó lo de "Encarnación".



Para nadie era un secreto que Cotita era "diferente". Hoy en día sabemos que no era homosexual, sino una mujer trans. En su vivienda tenía una especie de club secreto donde permitía a muchos varones tener encuentros íntimos. Allí acudían hombres de todas las castas, desde españoles peninsulares hasta indígenas y mulatos. Allí se travestían, bebían chocolate y bailaban y cantaban canciones "groseras y subidas de tono" para la época. Se dice además que Cotita servía como alcahueta y prestaba sus aposentos para encuentros sexuales entre hombres, principalmente de hombres muy jóvenes (algunos incluso menores de edad). Según los relatos, Cotita se refería a estos hombres como "mi amor" o "mi vida".


Pero aquella vida tranquila de Cotita, quién no le hacía daño a nadie, terminó debido a una colega lavandera de nombre Juana de Herrera, vecina de Cotita, misma que lo descubrió en el acto sexual y decidió denunciarlo con Don Juan Manuel de Sotomayor, alcalde del crimen de la ciudad, por el delito de sodomía y pecado nefando. La mujer afirmó encontrar a Cotita con otro hombre "pegado como los perros". Aquello causó revuelo. El tribunal del Santo Oficio de la Inquisición tomó cartas en el asunto. La casa de Cotita fue cateada y ella y otros 26 hombres fueron aprehendidos. Según la crónica, se les encontró desnudos y cometiendo actos impuros. Todos fueron llevados al tribunal. Allí peso el testimonio de un hombre indígena, vecino de Cotita, que contó con lujo de detalles las prácticas y costumbres de los acusados. Se cuenta que el virrey, Don Francisco Fernández de la Cueva, duque de Albuquerque, inmediatamente ordenó deslindar del escándalo a los españoles, por lo que, de 26 hombres, solo 14 continuaron en el proceso. Todos eran indígenas, negros, mulatos y mestizos. Solo hubo dos excepciones: un joven indígena que fue absuelto por ser menor de edad (se le dieron 200 azotes), y un anciano español al que apodaban La Grande.



Cotita y compañía fueron sentenciados a morir en la hoguera. Primero se les exhibió por las calles. La sentencia no se llevó a cabo en el quemadero de La Alameda, pues por ser un delito repulsivo, se les condenó a un quemadero reservado para los peores criminales en San Lázaro. Cotita y compañía recorrieron atados, semidesnudos y a pie, varias calles del centro de la capital mexicana, mientras la muchedumbre los insultaba, escupía y humillaba. Ya en el lugar, fueron golpeados con garrotes hasta hacerlos perder el conocimiento; acto seguido, se les prendió fuego y ardieron en una pira toda la noche. Al amanecer, sus cenizas fueron arrojadas a un lago. Hacía más de veinte años que nadie moría por sodomía en la Ciudad de México.


Pasaron los siglos y parecía que la existencia y el martirio de Cotita habían quedado en el olvido. Pero en el siglo XX, la historia de Cotita y compañía fue descubierta, íntegra, en el Archivo General de Indias, en Sevilla, España. Su historia captó la atención de muchos historiadores y escritores (entre ellos Salvador Novo). El colectivo LGBT+ no quedó indiferente y poco a poco Cotita ha ganado un lugar como una suerte de mártir en la cruel historia de crímenes y odio contra el colectivo LGBT+.


En 2010, el poeta Luis Felipe Fabre, plasmó la historia de Cotita en su libro "Sodomía en la Nueva España". En 2012, Cotita fue mencionada de nuevo en público en la XI Marcha del Orgullo LGBT+ de Puebla, donde se le mencionó en el obituario como una forma de honrar su memoria y denunciar de manera póstuma su horrendo crimen. De hecho, suenan rumores de una posible adaptación cinematográfica sobre la vida de Cotita.


Como se menciona en las primeras líneas, el camino para el respeto y la dignificación del colectivo LGBT+ en México, lleva ya un tramo recorrido con éxito. Aún falta mucho más. Pero para honrar estos logros, es necesario reconocer, recordar y dignificar la historia de personajes como Cotita de la Encarnación.






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